sábado, 14 de junio de 2014

CAPÍTULO 2 MI VIAJE AL CAMPO

En un día de primavera salí a la calle y vi tanto ir y venir, casas, calles, edificios, coches, gentes convulsionadas por sus quehaceres y yo me dije: “En esta ciudad me siento bien, pero no quisiera hacer lo que estos hacen, no tengo porque andar de prisa, no tengo porque cruzarme ante el afán que cargan las gentes, ¿Qué hacer?, ¿Dónde podré estar tranquilo?”.
Pensé en una Iglesia, pero me dije: “Allí también hay muchas gentes pidiendo a Dios que les perdone lo que ellos no han querido corregir. Encuentro a un sacerdota dispuesto a perdonarme mis peores errores, donde quizás ni él ha sido perdonado”.
Pensé irme a mi cuarto, a mi recámara a guardar silencio y estar quieto, pero me dije: “¿Qué gracia hago yo viviendo en paz mientras la pobre humanidad vive en una guerra psicológica?”.
Pensé buscar a unas personas para compartir con ellas mis ideas, pero me dije: “Cuando aquellas personas escuchen mi relato me van a decir ¿Dónde podemos ir para encontrar paz?”. Claro está yo no voy a tener una respuesta. Necesito primero conocer ese lugar y me dije: “Me voy al campo”.
Salí de la ciudad, me interné en la sabana, encontré muchos animales que comían, vivían en la llanura.
Continué mi viaje hasta internarme en la selva. Allí encontré ríos de aguas cristalinas deslizándose para bañar los campos; encontré árboles florecidos, palmeras y yo me decía: “¡Qué lindo todo esto!, pareciera que alguien los cultivara”.